Es una tarea con destino incierto pretender que cualquier hecho del pasado que se precie de digno pueda cruzar las distintas barreras de las épocas, ajeno a la escritura. Puede que alguna tradición oral, aquellas que legaron a nuestros padres las voces de otros abuelos, tengan suficiente peso como para evitar el olvido. Puede llegar a ser que esas mismas verdades, transmitidas de boca en boca entre el humo de un café con leche con vainillas hayan sembrado en otros niños imágenes de unos hechos que no tuvieron la suerte de haber sido escritos. Pero en todo caso esas imágenes siempre habrán de ser débiles, sometidas a algún juicio refutable, ajusticiadas con la verdad de la escritura. Lentamente el tiempo irá marcando sobre ellas el signo indeleble de lo tradicional, del descrédito, de lo improbable. Afortunados serán aquellos conocimientos que se hayan sometido a unas pocas líneas de algún cuaderno olvidado, de alguna carta guardada. Alguien, no sabemos quiénes, algún día los tomará, les dará forma, los dividirá en párrafos, en capítulos y los inmortalizará en algún libro que otro leerá y que volverá a armar, a dividir en nuevos párrafos, en nuevos capítulos, a reformularlo y así lo dará a otro para que nuevamente lo lea, desconociendo su último final. No se necesitan demasiados permisos para interrumpir una tradición y volcarla a las letras. Tal vez sea patrimonio de uno solo. Tal vez sea la única necesidad recurrente, la necesidad de escribir. Pero esa necesidad de escribir que hace de cada hombre fuente de su sucesor, sin saber quizás que es fuente del conocimiento mismo, exige indefectiblemente una lectura anterior, precisa, consecuente. Es por eso que es improbable que alguien pueda escribir sin haber leído. En todo caso, lo que es probable, es que nadie podrá escribir si no tuvo la posibilidad de aprender a leer. La escuela ha tenido y tiene esta función, especialmente en los años iniciales de todo aprendizaje. Pero una intención no es garantía de éxito. Si se quiere leer pero no hay qué leer, seguramente no se leerá. Y si no se lee en los primeros años, probablemente no se lea en los años subsiguientes, por lo que será más remota la idea de escribir. Y si no se escribirá un texto en esos años posteriores, tampoco se podrá leer en otro tiempo sucesivo esa historia diferente que alguien pretendió, en vano, escribir. Es por eso que intentamos desde un espacio poco probable que los libros, en su continuo movimiento, lleguen hasta aquellos pequeños ojos, hasta esas manos con las uñas sucias que esperan algún día comprender la sensación de dar vuelta una página, de saber distinguir un dibujo de una oración, de saber que algún día alguien, ese alguien que antes desconocía el sentido de un párrafo, pueda comenzar a tejer nuevos párrafos en nuevos libros, y así, casi sin saberlo, empiece a entender que se puede intentar, al menos, torcer una historia, aventurarse a un destino, aunque el humo de otros tiempos del café con leche con vainillas continúe siendo una injusta metáfora irrefutable.
Por Ricardo Cardone
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Fuiste recubriéndome
mármol de furia y pena
pedestal de hielo
deshojándome en espinas
en pétalos exactos
en piedra movediza
en claves de mí
Fuiste derritiéndome
tallo a tallo
asfixiando las haches
respirando bronces agitados
aire rancio
agónicos silencios de cursivas
Fuiste negra blanca y fusa
amalgama
tres compases
un cielo a cuatro espacios
infierno en cinco líneas
silencio de redonda
cincel en si bemol
Talabas cada letra –cada músculo–
transcribiste un do en menores
un tres por cuatro
aliviaste una nota –la primera–
acentuaste otra nota –la olvidaste–
elegiste el cincel como palabra
el martillo una vez
y otra vez
y otra más
Golpeabas cada letra con mi nombre
la armonía de la roca deformada
–el hielo en andante–
rescataste mi boca
mi cuello de sílice
mis dedos intactos
músculos convexos
–mineral revelado–
relevado y converso
transportado
a tu lengua
Olvidaste el líquido –la piedra–
la pared uniforme
la incisión primera
la magnífica obertura de los labios
el color amarillo
lentamente
el color amarillo
y me cubriste de forma
–sin arcilla–
colosal y desnudo
–sin arcilla–
como un desierto en otoño
lentamente
en otoño
Quebrantaste la furia –las piernas–
tu deseo de única
y giraste aliviada
tan creadora y tan dueña
yo, de mí,
tan perfecto y esclavo
de unos dedos de artista
manos en gubias que huelen
a vacíos paréntesis
a inmóviles ocres
a disonantes duetos
en claves de mí
Huele a mármol
ahora huele a mármol
a tiempo asimétrico
a lluvia de erres
a tinta esparcida
Huele a huesos tallados
a notas ligadas al óleo
a tiempo fuerte pasado
a tiempo débil presente
Pero la oración era otra
el bloque aún misterio
mi cuerpo tu mente
solo de piano tus manos
subrayándote a tiempo
golpe a golpe –al unísono–
el tallo inminente
la raíz desterrada
La oración era otra
destallabas palabras
buscabas savia en el verde
–en el mármol–
desconocías la piedra
te licuabas en notas
en metros
en centímetros
si es que estabas
o no
Me veías humano –tan piedra–
conjugabas mis músculos
descubriste el espejo
el velo descorrido
la quinta aumentada
el cincel en el piso
el punto y aparte
tus brazos pulidos
tus ojos concéntricos
–el túnel–
tu mano en la piedra
–el lienzo–
el ocre en tu pecho
–los ocres–
No he podido imitarte
tallarte en el aire
quitarte la piedra
preferirte en bemoles
subirte una escala
–las eses por ces–
escribirte en mayúsculas
en puntos suspensivos
en cuerdas sostenidas
en mi mayor
Un conjunto de verdes
amarillos y otoño
te descorren el velo
el mármol por lienzo
el cincel por pincel
y mis dedos –martillos–
en colores ahogados
sobre el blanco dibujan
tus manos de piedra
tu cuerpo de ocre
tus ojos cerrados
azules cerrados
quemando las horas
frente a un mismo espejo
golpeando la piedra
–el hielo–
tallándome.