Soyinka, un Nobel de Literatura en un barrio marginal cartagenero
Los escritores y artistas que acuden al Hay Festival literario, que se celebra en Cartagena, no sólo ocupan su tiempo en debatir sus ideas y sus libros, algunos también sacan un hueco en su agenda para ver la otra cara de la caribeña y turística Cartagena
Este es el caso del premio Nobel de Litertura 1986, Wole Soyinka, quien al visitar el barrio de El Pozón, en las afueras de la ciudad, reconocía sentirse en alguna medida, por la pobreza del lugar, por la acogida, por el color de la mayoría de sus gentes, como 'en casa', como en su Nigeria natal.
Se calcula que Cartagena tiene una población de un millón de habitantes, se calcula porque los desplazados y los cinturones de pobreza y miseria que se ciñen a su alrededor no permiten tener un censo exacto, de los cuales el 70 por ciento viven en la pobreza.
Pero eso se suele dejar a un lado ante la majestuosidad de su zona colonial, sus murallas y su hermoso litoral.
A esos barrios marginales, como El Pozón, San Francisco, Olaya o Nelson Mandela, tras cruzar la ciénaga, donde las casuchas de madera, latón o simplemente cartón se amontonan en un ambiente insalubre en muchos casos, llegan organizaciones de ayuda, de cooperación y tratan de llevar un soplo de esperanza, sobre todo para los niños.
La organización Plan Internacional, aprovechando el tirón del festival lleva allí a algunos escritores para que departan con los niños que educan y ayudan, al fin y al cabo es ese otro público, quizás menos académico, pero más espontáneo y con la misma o mayor curiosidad por conocer a esos intelectuales.
Soyinka, de 73 años de edad, dramaturgo, actor, poeta, novelista, crítico, catedrático y, sobre todo Nobel y sencillo, explica a los niños, que le preguntan con una naturalidad deslumbrante, qué hizo para llegar a ser lo que es.
'Preguntar', responde con humildad, 'desde niño era muy curioso, una molestia para mis padres porque les preguntaba todo, pero las respuestas no me satisfacían, por lo que las buscaba en los libros y me convertí en un ratón de la biblioteca de mi papá'.
Como siguió sin encontrar la satisfacción a sus preguntas en los libros, según les cuenta a los niños, 'decidí dar mis propias respuestas y por eso comencé a escribir'.
Su mata de pelo blanco, abultado y encrespado, y su perilla, también cana, le dan un aire venerabale y cercano, y los niños lo detectan enseguida, no le sueltan, quieren hablar de todo con él, le explican lo que hacen, cómo viven y las canciones y bailes que le tienen preparado.
El Nobel de Literatura, ese premio que tanto impresiona, es algo que intriga a los niños, pero Soyinka le resta importancia, 'y os voy a decir por qué, porque admiro los inventos, los avances técnicos y tecnológicos, que son útiles para la gente'.
Pero los niños no se quedan del todo satisfechos e insisten en preguntar cómo influye la literatura en la sociedad, a lo que el laureado nigeriano les responde que 'el efecto de la literatura no es inmediato, está en la bandeja de 'a la vista', no en la de cosas hechas o por hacer'.
'La buena literatura va haciendo efecto poco a poco en las personas, siempre está ahí, pero, claro, hay otra literatura de efecto inmediato, aunque la profunda tiene una visión a largo plazo', les dice.
Los ritmos y bailes que le ofrecen los niños, en su mayoría negros y mulatos, 'se parecen mucho a los bailes y ritmos africanos', les comenta, para reflexionar: 'es imposible erradicar la cultura de los pueblos'.
Antes de despedirse el Nobel de Literatura no duda en ponerse a bailar con los niños y les promete enviar al centro sus libros, los libros de otros africanos, los que pueda traducidos, y ellos le regalan la revista que publican, y sus poemas.
Como Sonia, de 14 años que, con letra pulcra, le regala el suyo y se lo traducen al inglés. El primer verso es: 'Soñar es tener motivos para despertarse todas las mañanas'.
29-01-2007
Fuente:
La FM
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