El fantástico viaje a bordo del Beagle
Charles Darwin
En la literatura de viajes son contadas las obras que han conseguido una perfecta amalgama de curiosidad intrépida, destreza narrativa y reflexión de alto vuelo.
Tristes trópicos, de Jacques Levi-Strauss, supo hacerlo en el campo de la antropología. Y Viaje en el Beagle, de Charles Darwin, hizo lo propio en el de las ciencias naturales. Que en 2009 se conmemore el bicentenario de su nacimiento nos da una excusa para hincar el diente a este triple clásico de la literatura científica, inglesa y naturalista.
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Cinco años duraron las andanzas del joven Darwin en el Beagle, un bergantín británico comisionado para bordear las costas sudamericanas con objetivos cartográficos. En 1831, con 22 años de edad, se embarcó en Plymouth en calidad de naturalista, en una travesía con escalas en Río de Janeiro, Buenos Aires, Patagonia y Galápagos, que le devolvería a casa con un diario de viaje y el germen de una teoría revolucionaria.
De familia acomodada, este hijo de la Ilustración británica, licenciado en Teología y dotado con una aguzada capacidad de observación, encarna un momento en la historia de la ciencia en la que el aventurero, el gentleman y el erudito se funden en una sola persona, con tiempo y recursos para dedicar varios años a un itinerario formativo (de ahí esa despreocupación ausente en Levi-Strauss, a quien la idea del retraso que la expedición produciría a su carrera no dejaba dormir en las noches amazónicas).
Como un Indiana Jones de su tiempo, escaló picos, atravesó desiertos a pie o a lomo de mula; se internó en la pampa con los gauchos, alimentándose de animales exóticos, exponiéndose a tribus hostiles, tormentas, insolaciones y a la picadura de todos los bichos imaginables. Hipocondríaco, propenso a la morriña y a los mareos (¡todo el trayecto mareado!), no dejó piedra sin remover ni fósiles y plantas sin coleccionar, en tal cantidad que sus compañeros se preguntaban si se había propuesto hundir al Beagle.
Fue testigo compasivo del exterminio de los aborígenes a manos de criollos como cierto gobernador argentino, cuya "ocupación favorita es la cacería de indios; en poco tiempo mató a 48 y vendió sus niños a tres o cuatro libras la pieza". En Tierra del Fuego presenció el retorno de tres indios yamanas que habían sido "civilizados" en Gran Bretaña y que los ingleses repatriaron con la piadosa esperanza en que evangelizarían a los suyos; un funesto experimento de cuyo desenlace da cuenta con lujo de detalles.
A los ojos de los lectores de la época, su odisea fue un fascinante viaje en el tiempo: arrancó de la cumbre de la civilización (Gran Bretaña) y remontó los estadios históricos, pasando de la barbarie (las repúblicas sudamericanas) al salvajismo (los indígenas), y culminando en la prehistoria (las extrañas criaturas de las Galápagos). Y todo con el apoyo de Robert Fitz Roy, el capitán de 26 años que reclamó la presencia a bordo de un naturalista para no enloquecer de soledad. Los dos jóvenes simpatizaron, aunque el primero se arrepentiría de haber dado al segundo la oportunidad de preparar el tiro de gracia al relato del Génesis. Porque en su vagabundeos australes Darwin anotó las observaciones que resultarían vitales en el desarrollo de la teoría de la selección natural.
Del periplo del Beagle se dice que es uno de los más famosos viajes marítimos de la historia. A mí me parece uno de los más portentosos recorridos jamás narrado. Que un libro científico haya aguantado tan bien el paso del tiempo se debe a su escritura, y en especial a sus vívidas descripciones de animales, paisajes y personas, como la reina Pomarre de Tahití, pintada como "una mujerona torpe, sin ninguna belleza, gracia o dignidad. Sólo posee un atributo real: una perfecta inmovilidad expresiva en cualquier circunstancia". Un oportuno recordatorio de que un pensamiento científico alcanza su mayor eficacia cuando viene unido a una formulación clara, amena y elegante.
Por Pablo Franchescutti
29-12-2008
Fuente:
Soitu.es
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