Un gran escritor, sensible a los matices
A Kapuscinski se lo clasificaba entre los periodistas, entre los cronistas. Le retaceaban la profesión de escritor, con notable mezquindad académica.
Borges creó algunos de sus mejores cuentos, como Tlon, Uqbar, Orbis Tertius , insertando en algo tan real como la Enciclopedia Británica un mundo aparentemente desconocido como el que da título al relato. Cuando mencionaba en un texto a un autor ignorado, el lector jamás estaba seguro de que ese nombre correspondiera a un ser real, o fuera la perturbadora intrusión de una fantasía. El periodista polaco Ryszard Kapuscinski alcanzó el nivel de un gran escritor por medio de una técnica opuesta. Recorrió Africa, América latina, la India, para contar la realidad que veían sus ojos. Se lo clasificaba entre los periodistas, entre los cronistas. Le retaceaban la profesión de escritor, con notable mezquindad académica.
Kapuscinski tenía una mirada y una capacidad de expresión excepcionales que volcaba en sus crónicas y en sus reportajes, pero esas virtudes se apoyaban en un trabajo exhaustivo. No sólo se consagraba a un agotador trabajo de campo; además, leía sin parar sobre los temas que investigaba.
Muchos le envidiaban su capacidad de hablar idiomas extranjeros; él decía que no tenía facilidad para los idiomas, pero que, en cambio, tenía un don infrecuente, el de saber interpretar el primero de todos los lenguajes: el corporal. Esa fue su lengua franca que le permitía captar lo que fuera diferente, lo otro. Pero entender el lenguaje corporal de gente de distintas culturas sólo es posible sobre la base de una calidad humana alerta a todos los matices. Y la gran literatura está hecha precisamente de matices. Kapuscinski fue varias veces candidato al Premio Nobel. No lo ganó. Quizá pesó el prejuicio de que se lo considerara un periodista. ¿Pero acaso Tolstoi en La guerra y la paz no es por momentos un periodista, es decir, un historiador del presente, cuando describe la guerra napoleónica? Kapuscinski, el autor de El Imperio , donde describe la caída de la URSS, se valió de la antropología, de la filosofía, de la literatura, para narrar ese mundo decadente. Pero nada de todo eso le hubiera servido sin su formidable capacidad de diálogo y empatía. Sus libros están construidos, como todos los grandes libros, sobre la sangre y los sentimientos.
Por Hugo Beccacece
La Nación
26-01-2007
Fuente:
La Nacion
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