Unos meses antes había vuelto a la Argentina después de muchos años de residir (no le gustaba la palabra "radicarse" porque "en mi vida no hay nada definitivo") en París y de viajar incansablemente por el mundo, contando y denunciando las atrocidades que ocurrían en la Argentina de los setenta.
Escribió sin parar, jugó con las palabras e incluyó como nunca antes al lector. Le dio tanta vida, que se encargó de demostrarle que podía morir, como ocurre en Continuidad de los parques.
Puso en crisis la percepción (y la construcción) del tiempo y como consecuencia la del espacio. Logró un registro imposible del habla porteña, sintetizando a Borges y a Arlt. Nos acercó al primero, lo hizo más amigable y resignificó al segundo. Problematizó el conocimiento en Las Babas de Diablo.
Como buen lector de los Beatniks (o como un beatnik latinoamericano) descontracturó la literatura y amó el Jazz. No le interesaba la categoría de intelectual sino la de trabajador de la cultura, por humildad y por la convicción de que es en ese plano donde se gestan los cambios profundos que determinan el bienestar.
Señaló el fundamento feliz de la escritura y de la producción cultural. Resignó tiempo a su actividad literaria para comprometerse política y activamente en pos de los derechos humanos.
Dedicó conferencias enteras (como puede leerse en su Obra Crítica y en su epistolario) a debatir sobre la construcción social de los pueblos. Pero sobre todas las cosas demostró que la palabra más lacerante es aquella que no se pronuncia.
No me dirás el secreto
Temeroso azar que magullas al más débil
Cuál de todas tus cartas me condena
Nunca es la de siempre
Yo seré la voz que te delate
Este mar está invadido por sirenas que no dejan de cantar
Ya el temible ángel empuñó el arco
Me asedia la cadena de este rito
Cuál es tu misterio
carta lúdica que el azar doblega
Acaso la mezquina fortuna develará tu signo
Acaso arde el falso amor
Las cartas boca abajo como cuerpos en el agua
El lacre sobre el lomo cubre al más vil de los arcanos
Flecha cobarde por la que muero tantas veces