Una ruta que no tiene principio ni fin. Una herida que abre el desierto. En ese instante donde todo es permanente, donde el tiempo se detiene ante el viaje interminable, un camión avanza. ¿Qué tienen en común Atahualpa Yupanqui y John Coltrane? ¿Qué Adolfo Bioy Casares y Robert Louis Stevenson? Hay una rotonda por la que no quiero pasar. Más allá me espera el abandono vestido con harapos que ladran y que muerden con saña. Allí todos los tiempos convergen en un mismo sitio. Un lugar que es el origen de todas nuestras vidas y de todas nuestras muertes. Pensando en estas líneas me quedé dormido. Me encontraron al costado de una ruta interminable, al otro lado de la muerte, junto a una mujer que huyó. Un hombre viejo oyó mi relato y se lo confesó al autor de este libro. Lo que aquí se narra es lo que sucedió. Ocurrió en un siglo anterior pero no es fiel a la verdad.
Joan Fabrés
Río de luz, rayo de agua
Una piedra con forma de cosecha ha sorteado tu huida
Ya brota la sangre en la arena de tu lecho
Ya crece una vida en tus entrañas
Corre liebre mientras el fulminante perdigón falsees
Huye río de este desierto que cuelga de una horca
Que la imborrable sombra del pasado no te roce
Tiempo indócil que a cualquier alma socavas
Corre el agua como sangre en el embrión
Noble río que das luz al árbol abatido
Río urgente que no vuelves
Corre el tiempo indiferente como sangre
Tiempo que siembra tiempo
Como plaga blanda