Yo soy la creación del creador. Soy el último deseo. Llevo en mi nombre la condena del saber. Habito en el espeso vacío que ninguna estación del tiempo puede abrigar. Ahora sólo queda el peso de mi sombra, ese manto que cae sobre la conciencia. Para que no pudiera ver han quemado mis ojos. Por temor a cualquier castigo han mutilado mis manos. Hoy soy el acusado. Cargan sobre mí todas las culpas como si fuera peste. Juran que soy el hacedor de todos los abandonos. Estúpidos. Jamás he salido de este encierro. Todo aquí es invierno y no hay nadie que se acerque a este desterrado. Algún falso poeta lo intentó con versos inútiles: Si no es profano el verso es nada, Con el puño hereje escribe un poema, Cae el cuerpo desmembrado del poeta, Fiel a su destino de hoguera. No se puede ver a Dios y vivir. No soy más que una creación abominable del creador, ese hombre insignificante y temeroso que escribe.
Dios
Golpea la campana contra el suelo
Abatida se quiebra en la garganta
La verdad se parte en dos falacias
Una moneda al aire con dos caras
La misma suerte, la misma nada
Frío disfraz que los necios visten
Ningún sabio profana el pensamiento
Corre como agua la idea que fermenta
La voz grave que pesa entre los dientes
Un velo en los ojos cela la mirada
Hombre nuevo que sometes al pasado
Ilustre y opaco terciopelo
En qué piedra tallaste aquellos versos
De sutil ilusión, de profecía vana
Nubes de tiempo que hoy caen sobre mi espalda.
No dobleguen mis huesos —están tan curvos—
Soy un pobre viejo que sin boca grita
Que sin aire para siempre calla