Bienvenidos. Dejen sus abrigos por ahí y acerquen esas sillas. Vos traé la ginebra y seis vasos. Señores, las cartas están echadas. En esta mano volvieron a ponerse las cosas en su lugar, como Dios manda. Ahora el mazo está de este lado de la mesa. Todos ustedes están muertos. Muertos por flojos. Muertos por ingenuos. Muertos por infelices. Muertos por imbéciles. Están muertos con el anzuelo en la boca. Muertos por venganza. Muertos por error. Están muertos al fin. No hay azar que sea propicio. No habrá naipe que obligue a ventura alguna. Yo soy la traición y no el olvido. Jueguen su última mano y despídanse. Nada más que este libro apócrifo los recordará.
Blas
Abrió los ojos ungidos de azul
Azul invierno en las retinas
Azul vacío en la memoria
Azul claro en su madre clara
En su madre joven
En su madre blanca
En el camino se le abrió un cielo
Un cielo azul
Azul pulcro y azul sereno
Y en ese azul perdió a su madre
A su madre vieja
A su madre azul
Dos ojos rojos cegaron sus ojos
Rojos como un grito de vida
Rojos como un amor en celo
Rojos como la demencia roja
Y olvidó esos ojos
Por violetas
No por rojos
Una hoja cayó sobre su hombro
Ajada como cada hoja
Amarilla como cada tiempo
Liviana como cada lágrima
Y azul de tan azul
La creyó verde y la creyó inútil
Tan verde hoja tan poca
Para tanto azul
Una mano gris le tocó los labios
Y con su lengua gris le mostró un secreto gris
Gris como la mentira
Gris como la rutina
Gris como la vida gris
Ceniza gris que creyó azul