Durante la selección que incluiría en La noche por la que muere el día, me persiguió la imagen incierta de las sombras, la oscuridad que nos vigila cuando no podemos ver. Aquellos pocos textos que sortearon las barreras de la represión le quitaron espacio a otros tantos que por no tener forma de poemas ocuparían el lugar inevitable del olvido. Hoy quiero rescatarlos para que sean recuerdo. En el falso abismo de estos relatos permanece oculta la noche y su poderosa lentitud. Estos cuentos forman parte de los sueños y no de la vigilia, evocan lo que no es. Habrá que leerlos, quizás, desde afuera de nosotros y así evitar caer en el vacío de la fe. Creer en ellos será una de las formas del sueño, una manera de mentirnos, de mirarnos a un espejo. Algunas de estas historias pretenderán desafiar leyes. Otras únicamente formarán parte de un mandato divino. Lo cierto es que si por error nos viéramos reflejados en alguna de sus tramas habremos vuelto a la noche indócil, a la traición del sueño, a cruzar el espejo, a una ceguera necesaria.
Ricardo Cardone
Una celda diminuta cuida de mis ojos
Una prisión de filosos barrotes
Salvaje los corta en mitades de mitades
En otros tantos ojos
Miran como por la luz de una puerta
Espían al mundo nuevo
Un universo delgado
Un universo parcial
Se ven como una sucesión de detalles
Son tan leves
Tan vulnerables
Como cuadros de celuloide a punto de inflamarse
La tibieza blanca de una claridad los ciega
No se oye en esta celda música que ampare
Sólo cuelgan pinturas deformes
Abominables fragmentos de un cuadro que atormenta
Más allá de estos dedos que cubren mi cara
Todo lo demás es realidad que aterra