19 de octubre de 1989
Camilo José Cela recibe el Premio Nobel
En este trance en el que hoy me encuentro, hablando ante ustedes desde esta tribuna tan difícil de alcanzar, me asalta la duda de si el brillo de la palabra (en este caso, de mi palabra) no habrá podido confundirles sobre mi verdadero mérito, que pienso que es harto escaso para el alto galardón con que lo habéis distinguido. No es difícil escribir en español, ese regalo de los dioses del que los españoles no tenemos sino muy vaga noticia, y me reconforta la idea de que se haya querido premiar a una lengua gloriosa y no a un humilde oficiante de ella y servidor de lo que con ella puede expresarse: para gozo y lección de todos los hombres, que la literatura es un arte de todos y para todos, aunque se escriba sin obedecer a nadie y sin escuchar más que el sordo y anónimo rumor de nuestro rincón y nuestro tiempo.
Escribo desde la soledad y hablo también desde la soledad. Mateo Alemán, en su Guzmán de Alfarache, y Francis Bacon, en su ensayo Of Solitude, dijeron (y más o menos por el mismo tiempo) que el hombre que busca la soledad tiene mucho de dios o de bestia. Me reconforta la idea de que no he buscado, sino encontrado, la soledad, y que desde ella pienso y trabajo y vivo (y escribo y hablo), creo que con sosiego y una resignación casi infinita. Y me acompaña siempre en mi soledad el supuesto de Picasso, mi también viejo amigo y maestro, de que sin una gran soledad no puede hacerse una obra duradera. Porque voy por la vida disfrazado de beligerante, puedo hablar de la soledad sin empacho e incluso con cierta agradecida y dolorosa ilusión.
El mayor premio que se alcanza a recibir es el de saber que se puede hablar, que se pueden emitir sonidos articulados y decir palabras señaladoras de los objetos, los sucesos y las emociones.
Elogio de la fábula (fragmento de la conferencia en ocasión de la entrega del Premio Nobel), Camilo José Cela
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