En la otra puerta

Mario Benedetti

Una historia de amor otoñal

Mario Benedetti

Ah..., qué sentimiento complaciente, generoso casi, despierta en el lector la historia de un oficinista, de perfil gris, entregado a la monotonía de un empleo también gris, a punto de jubilarse.

Con la sencillez que a Mario Benedetti le sale tan bien, pues es uno de los mejores escritores de Latinoamérica, el autor va trazando una historia, que es la historia de los días que se suceden sin mayores novedades, con algún que otro disgusto que le producen sus hijos, quienes no son -enteramente - felices.

La novela La tregua fue publicada en el año 1960. Está construida sobre un diario íntimo, que, como no podía ser de otra forma, no solamente registra sus desencuentros con sus hijos, tempranamente huérfanos, sino también su soledad de hombre viudo, sus escasas, casi nulas, perspectivas de una vida mejor.

Su existencia tiene fecha de vencimiento, pues está a punto de cumplir cincuenta años, y se considera un ser humano acorralado por los estropeos físicos y sentimentales de la vejez.

A través de su diario, él trata de conversar consigo mismo.

Es muy grande su soledad en esa casa suya donde sus tres hijos viven su vida por separado, saludándose de oficio, queriéndose a la fuerza de la costumbre.

El protagonista posee ingresos económicos para tener un buen pasar, pero no para darse lujos, ni vestir trajes de fina marca, ni otras complacencias por el estilo. Y se conforma con eso. Su días lisos son la melodía decadente del que ya no aguarda nada.

La vida grisácea, la existencia opaca de seres de la clase media, que ocupan su tiempo en ganarse el pan, es llevada a un plano de singular sencillez y a la vez de encanto, gracias al talento que tiene Mario Benedetti para observar en sus pequeños detalles ese mundo mínimo, el de los seres que se repiten a sí mismos en los días y en las semanas, sin mayores novedades.

Sin embargo, su manera de contar, de describir el "aburrimiento elemental" y las situaciones que transcurren en aquel escenario social humilde del cual él es el único espectador, nos atrapa desde la primera línea.

El protagonista se enamora. Eso sí.

Va cayendo de a poco en la trasparencia, en la ilusión, en una forma vaga de fe, de ilusión. Empieza a creer que puede darse una tregua, y amar, aun acorralado como está por ese ocio que se vacía en mates y en zonceras.

Entrega su corazón a una muchacha, Avellaneda. Ella puede ser su hija. Es más, tiene casi la edad de su hija. Estoy subrayando un amor distinto, tal vez raro, a escondidas, en un piso alquilado por él. Los encuentros son dulces, tibios y a veces tristes. Le advierten algunos amigos que la diferencia de edad es grande. Pero él quiere correr ese riesgo y llevar varias, cientos de páginas de pasión al lado de Avellaneda, quien un día le revela un secreto grande y redondo como el plato solar cuando le dice: "Te quiero".

Martín Santomé, burócrata, hijo de la clase media, siente que ella puede salvarlo de sí mismo, de la comunidad gris a donde van a parar los que llegan a los sesenta años.

Su manera de contar su relación tensa y a veces conflictiva con sus hijos, es una manera más de contar -con la suma de detalles, palabras, circunstancias inesperadas- la historia de nosotros, los mortales.

Esa vida tocada por un recuerdo, el de su mujer, a la que lo unía una fuerza pequeña de amor y mucha compaginación sexual, es el único hilo de su pasado sentimental. Así, al menos, lo escribe en su diario.

La ilusión de la felicidad es la constante en este libro sencillo. Y al decir sencillo, digo que es un gran libro, porque llega a los lectores de habla hispana, con palabras de nuestro uso cotidiano. Con cuánta voluntad de orfebre, Mario Benedetti fue hilvanando La tregua. Cuántos compases de espera y desesperación ocurren, ante la terrible circunstancia de verse desprovisto, de pronto, de lo único que le da un tono de color a sus días: el amor de Avellaneda.

No recuerdo haber leído una obra tan hermosa.

Tan sencilla y genial al mismo tiempo.

Tus manos

De las más hondas raíces se me alargan tus manos,
y ascienden por mis venas como cegadas lunas
a desangrar mis sienes hacia el blancor postrero
y tejer en mis ojos su ramazón desnuda.
En mi carne de estío, como en hamaca lenta,
ellas la adolescente de tu placer columpian.
-Tus manos, que no son. Mis años, que ya han sido.
Y un sueño de rodillas tras la palabra muda-.
...Dedos sabios de ritmo, unánimes de gracia.
Cantaban silenciosos la gloria de la curva:
cadera de mujer o contorno de vaso.
Diez espinas de beso que arañan mi garganta,
untadas de agonía las diez pálidas uñas,
yo los llevo en el pecho como ramos de llanto.

1939
Josefina Plá

Por Delfina Acosta

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me resguardo de mí misma:
sicario
con el que deletreo mi costado izquierdo
mientras el derecho se llena de manchas
y arrugas
y puntos suspensivos

Por eso la bestia que me habita
ataca a mi sombra
la retuerce
mastica el alto rugido de la sangre
y por fín
se entrega


Elisa Dejistani

Dualidad del silencio (2009)
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