La revolución no cumplió: Entrevista con el escritor cubano Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba a los perros.

La revolución no cumplió

Es un crítico a la revolución cubana pero no ha sido censurado y publica libremente en la isla, pese a la falta de entusiasmo oficial por sus libros. Vive en La Habana en el barrio de Mantilla, el mismo de sus abuelos. Trastocó los codigos de la novela negra, creando al teniente Mario Conde, que con sus pesquisas juzga a los corruptos del régimen. Ha reconstruido el homicidio de Trotski, el asesinato inutil que Ramón Mercader se dio cuenta tardiamente le mandó cometer Stalin. Es un trabajo enciclopédico sobre el estalinismo, la estafa superior del socialismo, narrativa minuciosa en torno a "la perversión de la gran utopía del siglo XX". De gira por Europa para promocionar su obra literaria, Leonardo Padura (1955), pasa revista en Ginebra a su principal obsesión de autor, la fidelidad consigo mismo.

J.G. La idea de hacer "El hombre que amaba los perros", nació en 1989 cuando Ud. viajó por primera vez a México, y visitó el hoy museo donde Ramón Mercader, mandatado por Stalin, abatió a Leon Trotski el 24 de agosto de 1940. ¿Cómo se gestó el proyecto de escribir esa monumental novela?

L.P Ahí estuvo como el momento en que una semilla cayó en una tierra en que la semilla y la tierra no se conocían demasiado. Voy a la casa de Coyoacan donde fue asesinado Trotski sobre todo con una gran incultura, un gran desconocimiento de lo que había significado el papel de Trotski en la revolución. En Cuba la información que se manejaba sobre Trotski era la misma que se manejaba en la Unión Soviética. Es decir, practicamente no existía; o había sido un traidor, un revisionista, un oportunista. Pero ahí en ese lugar recibí una fuerte conmoción y esa conmoción me fue impulsando a buscar más información sobre este personaje. Después tengo noticias de que Ramón Mercader vive en Cuba cuatro años y muere en Cuba. Esos dos elementos más la posibilidad de acceder a información que se empieza a publicar en esos años a partir de la desaparición de la Unión Soviética, (de lo que surje) de los archivos soviéticos, fue completando la idea de escribir una novela. Pero no lo decido hasta varios años después en que me siento ya en condiciones, no solamente intelectuales sino también en condiciones técnicas para poder enfrentar un proyecto que implicaba una investigación como la que tuve que hacer y una escritura tan complicada como la que implicó esta novela.

J.G ¿Por qué piensa Ud. que el tema de esa novela sigue siendo de actualidad pese a que a los hechos trascendentales ocurrieron hace más de medio siglo?

L.P. Creo que la historia siempre nos enseña, está llena de lecciones de cómo las cosas pueden funcionar en una época y eso se puede convertir en experiencia para otras posibles etapas históricas. Lo que ocurre es que el hombre en sentido general aprende poco. Esas experiencias muchas veces las olvida con demasiada facilidad. Las experiencias de un totalitarismo al estilo estalinista, que tanto se pareció al totalitarismo al estilo fascista, no han desaparecido del todo. Creo que la reflexión fundamental del libro, o por lo menos la que yo pretendí que fuera la reflexión fundamental del libro, es por qué razones se pervirtió la gran utopía social del siglo XX: esa sociedad donde todos íbamos a ser iguales, donde íbamos a vivir con un máximo de igualdad en un máximo de democracia. Perdimos aquella posibilidad de lograr esa sociedad que todavía hoy, y quizás hoy más que nunca, el mundo reclama como necesaria. Creo que es una novela sobre la pérdida de la utopía y la necesidad de pensar en el rescate necesario de una utopía.

J.G. ¿Qué relaciones descubrió entre esa visión de caracter universal y el caso de Cuba, donde finalmente al asesino de Trotski, Ramón Mercader, la URSS lo despacha enfermo a morir, de 1974 a 1978? ¿Qué sintió cuando indagó en ese vínculo?

L.P. Eso no fue importante porque Mercader ya no era importante. Más importante fue cómo Cuba, por razones políticas de diverso tipo, tuvo que aplicar de una manera bastante drástica el modelo socialista soviético que provocó, en el momento que desapareciera la Unión Soviética, que Cuba practicamente se desintegrara como país. La economía cubana, la sociedad cubana, sufrieron un colapso. No la política, pero sí la economía y la sociedad, sufrieron un colapso bastante doloroso para la vida de cada uno de los cubanos que vivíamos en la isla y tuvimos que pasar unos años muy complicados. Creo que eso es más importante que el hecho que Ramón Mercader, que ya no le importaba practicamente a nadie, que se sabía que no iba a hablar, que era un hombre enfermo y en sus últimos momentos, fuera a Cuba por un acuerdo que se fraguó o se combinó en alguna esfera de poder que no sé cuál fue pero que supongo que debe haber sido bastante alta.

J.P. El libro tiene un relator, Ivan, un aspirante a escritor, y se podría llegar a imaginar que es su alter ego para contar la historia en clave de ficción pero conectada a la realidad.

L,P. No, no es un alter ego. Es un hombre que refleja una experiencia que fue, que es común para muchos cubanos de mi generación. Es un personaje resumen, simbólico, más que un personaje real. No comparte demasiados rasgos biográficos conmigo, pero sí muchos rasgos generacionales. Sus experiencias, su manera de vivir y de sufrir determinados aspectos de la realidad cubana son comunes para muchos, incluso para mí también. Por lo tanto este personaje me representa a mí y representa a toda una generación de cubanos que pasamos por circunstancias más o menos similares.

J.G. Esa novela refleja críticas a la revolución cubana. Llama la atención que el gobierno la dejó publicar, incluso en una edición de un órgano oficial, al margen de la edicion española de Tusquets Editores.

L.P. Yo pensé en algún momento que ese libro no se publicaría en Cuba. Lo he pensado practicamente con cada uno de mis libros. Cuando termino un libro digo "este no se va a publicar en Cuba". Cuando terminé "El hombre que amaba a los perros", dije este sí no se va a publicar en Cuba. Afortunadamente las cosas en Cuba han cambiado bastante al punto de que es posible que se publique un libro como éste, de que se distribuya, que haya sido apoyado por el Ministerio de Cultura (lo publicó la editorial de la Unión de Escritores). Lo que sí ha habido es una respuesta un poco silenciosa en cuanto a la promoción, y a los comentarios en la prensa con respecto al libro, no por parte de los lectores. Por parte de los lectores sí ha habido una acogida muy calurosa a pesar de que la edición es muy pequeña para la cantidad de lectores potenciales que puede haber en Cuba.

J.G. Si Iván resume lo que piensa mucha gente sobre el gobierno, su personaje precedente, el emblemático oficial de policía Mario Conde, aporta aire fresco a la novela policial en Cuba. Y es un referente nuevo en la novela negra latinoamericana, con sus exitosas "cuatro estaciones": "Pasado perfecto", "Vientos de cuaresma", "Máscaras" y "Paisaje de otoño". Da la impresión de ser un escéptico del sistema político, un desencantado...

L.P. Mario Conde es un melancólico, un nostálgico, él mismo lo dice, "un recordador". Trata de expresar la vida cubana desde una perspectiva más pegada a la tierra, a la piel de la gente, más cercana a la manera de expresarse de los cubanos. En esto hay un sentido más filosófico, más práctico. En su mirada de la realidad hay siempre ese sentimiento de pérdida, de que estamos viviendo en una sociedad que prometió algo que nunca se llegó a cumplir. Nos hizo creer en un futuro que nunca llegó, que se convirtió en pasado porque nos han pasado por encima los años, y nunca hemos llegado tener esa promesa de ese mundo mejor, o de ese futuro mejor, del que tantas veces se nos habló.

J.G. Conde parece un descreído de la política quien, sin embargo, denuncia la corrupción de los altos cargos del sistema. Para sobrevivir dignamente se sumerge en placeres individuales, anclado en un sensual y restringido grupo de amigos, en el microclima de La Habana...

L.P. Se refugia en la literatura, en la cultura, en el pensamiento, a veces en el alcohol, porque busca como mecanismos de defensa para poder seguir viviendo en esa realidad con ese gran sentimiento de pertenencia, a través del cual Mario Conde y yo somos absolutamente cercanos. Yo vivo en Cuba, escribo en Cuba, porque tengo un gran sentido de pertenencia con esa cultura, con esa sociedad, con esa manera de vivir. Siempre lo digo o trato de decirlo de la manera más clara. Vivo en Cuba porque quiero vivir en Cuba, ese es mi país, y es una elección libre y personal de seguir viviendo en Cuba.

J.G. Ud. tiene una relación amor-odio con Ernest Hemingway, quien vivió un periodo fecundo de creación en la isla, al que le ha dedicado la novela "Adiós, Hemingway".

L,P. Es un hombre al que como escritor le tengo una gran admiración, en una época fue una influencia capital, he aprendido cosas muy importantes de la literatura leyendo sus libros, sus interpretaciones sobre la literatura, pero a la vez me parece un ser humano que tenía determinados defectos bastantes lamentables, bastante poco elegantes, por decirlo de una manera suave. Y sobre esa relación que puedo y que tengo con Hemingway está basada la novela, en la cual me fue muy fácil trasmitirle al personaje de Mario Conde, por esas cercanías que tenemos, mis maneras de entender al Hemingway escritor y al Hemingway ser humano, que creo que eran la misma persona pero a la vez eran personas diferentes.

J.G. ¿Cuál es su apreciación de la situación actual en Cuba?

R. Yo siempre digo que me impongo ser optimista y que hay días que no lo soy. Hay días que soy bastante pesimista, pero me impongo ser optimista porque creo que la gente en Cuba se merece vivir mejor. Ha hecho grandisimos sacrificios, han pasado muchisimos trabajos y pienso que el cubano de a pie merece un futuro mejor y por eso me impongo ser optimista.

Juan Gasparini, mayo de 2011
www.juangasparini.com

Por Juan Gasparini

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La calle del agujero en la media

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

Raúl González Tuñón

La calle del agujero en la media (1930)
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