Hay un silencio música en el pentagrama de la escritura.
Inquiere, participa de lo inédito en los blancos del poema. Acaso pueda remitirnos de alguna manera al instante bachelardiano, compuesto por una respiración que sugiere la sustancia de una propedéutica.
Quizá también propicie la idea de una estética imperceptible, sin embargo, imbuída de ingentes significaciones; en tanto nos revela esa "otredad".
Una pausa que puede ser más rica, cuando aspira a objetivarse en la dimensión de quien nos lee.
Una mujer invierno muere
Frío calvario la noche
Celebra a otro dios
Y para siempre
Duele y no
Cubre la arena el tiempo
Fatal la uña
La piel fatal
Qué fibra aún vibra en su costado
Oscura boca amanecida calla
Algún profeta invocará su cuello
Desvestirá su vientre en otro altar
En otra hoguera y otra noche
Y para siempre
Una mujer infierno muere
Golpea como tiempo
Y calla sometida
Tensa la cuerda ya no vibra
Muerde la boca obscena
Los dedos que rozaron su cintura