Dos vidas: la de Flora Tristán, que pone todos sus esfuerzos en la lucha por los derechos de la mujer y de los obreros, y la de Paul Gauguin, el hombre que descubre su pasión por la pintura y abandona su existencia burguesa para viajar a Tahití en busca de un mundo no contaminado por las convenciones.
Dos concepciones del sexo: la de Flora, que sólo ve en él un instrumento de dominio masculino, y la de Gauguin, que lo considera una fuerza imprescindible puesta al servicio de su creatividad.
¿Qué tienen en común esas dos vidas desligadas y opuestas, aparte del vínculo familiar por ser Flora la abuela materna de Gauguin? Esto es lo que Vargas Llosa pone de relieve en esta novela: el mundo de utopías que fue el siglo XIX. Un nexo de unión entre dos personajes que optan por dos modelos vitales opuestos que develan un deseo común: el de alcanzar un paraíso donde sea posible la felicidad para los seres humanos.
Quiero que leas esta carta
No sé, quién sabe, ni yo sé
Ninguno sabe nada de lo que otros saben lo que nosotros deberíamos saber
No sé si estarás bien cuando recibas estos versos
El cielo es un volcán y no deja de llover
Llueve lluvia como hollín
Llueve sobre los brotes inflamados
como estos ojos secos
Tantos son los gritos
que el silencio es cada vez más profundo
y es cada vez más negro
Lejos la carta, lejos el cartero
Azul una mañana como la anterior
Azul como el aire y como hace ya tres días
El cielo abre un cráter, llueve lava
Una carta se quema sobre el revés de un hombre
Que no sangra