Editorial: Sudamericana
ISBN: 9789500728683
De qué se trata la felicidad? ¿Existe? ¿Llega de un modo azaroso, o es posterior a una búsqueda y a un trabajo acorde? ¿Existe una felicidad posible para todos los seres humanos?
José Eduardo Abadi, reconocido médico psicoanalista, asume el desafío de repensar el concepto de felicidad despojándose por completo de fórmulas simplificadoras. Abadi propone el "ser feliz" como la combinación armónica entre lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace. Si nos planteamos metas alcanzables, renunciamos al goce del sufrimiento y relegamos las fantasías que nos llevan a callejones sin salida, la felicidad es posible. Y no se trata, por ello, de una felicidad mediocre, sino de un intento de coherencia interior entre nuestros anhelos y la realidad. Estamos pensando la felicidad humana, ligada a nuestra condición de sujetos mortales, incompletos y en conflicto. Si esto queda anulado, se juegan engañosamente objetivos inalcanzables. Por otro lado, no podemos pensar la felicidad como un concepto aislado. Es importante articular lo individual con la relación con el otro, con la sexualidad, la pareja, la imaginación, la amistad y la sorpresa. Abadi nos acerca formulaciones sobre la felicidad que han realizado pensadores significativos en la historia del conocimiento. Veremos allí los puntos de coincidencia y disenso entre ellos y, sobre todo, qué lugar ocupan muchas de esas formulaciones en nuestro presente. De felicidad también se vive reabre un diálogo preexistente pero a veces dejado de lado en la sociedad: el camino hacia la búsqueda de la felicidad. Se trata de un libro necesario, inteligente y riguroso, como sólo un pensador de la talla de José Eduardo Abadi podría escribir.
Fuiste recubriéndome
mármol de furia y pena
pedestal de hielo
deshojándome en espinas
en pétalos exactos
en piedra movediza
en claves de mí
Fuiste derritiéndome
tallo a tallo
asfixiando las haches
respirando bronces agitados
aire rancio
agónicos silencios de cursivas
Fuiste negra blanca y fusa
amalgama
tres compases
un cielo a cuatro espacios
infierno en cinco líneas
silencio de redonda
cincel en si bemol
Talabas cada letra –cada músculo–
transcribiste un do en menores
un tres por cuatro
aliviaste una nota –la primera–
acentuaste otra nota –la olvidaste–
elegiste el cincel como palabra
el martillo una vez
y otra vez
y otra más
Golpeabas cada letra con mi nombre
la armonía de la roca deformada
–el hielo en andante–
rescataste mi boca
mi cuello de sílice
mis dedos intactos
músculos convexos
–mineral revelado–
relevado y converso
transportado
a tu lengua
Olvidaste el líquido –la piedra–
la pared uniforme
la incisión primera
la magnífica obertura de los labios
el color amarillo
lentamente
el color amarillo
y me cubriste de forma
–sin arcilla–
colosal y desnudo
–sin arcilla–
como un desierto en otoño
lentamente
en otoño
Quebrantaste la furia –las piernas–
tu deseo de única
y giraste aliviada
tan creadora y tan dueña
yo, de mí,
tan perfecto y esclavo
de unos dedos de artista
manos en gubias que huelen
a vacíos paréntesis
a inmóviles ocres
a disonantes duetos
en claves de mí
Huele a mármol
ahora huele a mármol
a tiempo asimétrico
a lluvia de erres
a tinta esparcida
Huele a huesos tallados
a notas ligadas al óleo
a tiempo fuerte pasado
a tiempo débil presente
Pero la oración era otra
el bloque aún misterio
mi cuerpo tu mente
solo de piano tus manos
subrayándote a tiempo
golpe a golpe –al unísono–
el tallo inminente
la raíz desterrada
La oración era otra
destallabas palabras
buscabas savia en el verde
–en el mármol–
desconocías la piedra
te licuabas en notas
en metros
en centímetros
si es que estabas
o no
Me veías humano –tan piedra–
conjugabas mis músculos
descubriste el espejo
el velo descorrido
la quinta aumentada
el cincel en el piso
el punto y aparte
tus brazos pulidos
tus ojos concéntricos
–el túnel–
tu mano en la piedra
–el lienzo–
el ocre en tu pecho
–los ocres–
No he podido imitarte
tallarte en el aire
quitarte la piedra
preferirte en bemoles
subirte una escala
–las eses por ces–
escribirte en mayúsculas
en puntos suspensivos
en cuerdas sostenidas
en mi mayor
Un conjunto de verdes
amarillos y otoño
te descorren el velo
el mármol por lienzo
el cincel por pincel
y mis dedos –martillos–
en colores ahogados
sobre el blanco dibujan
tus manos de piedra
tu cuerpo de ocre
tus ojos cerrados
azules cerrados
quemando las horas
frente a un mismo espejo
golpeando la piedra
–el hielo–
tallándome.